lunes, 12 de octubre de 2009

un silencio doloroso


De nuevo se hizo un silencio doloroso. No podía escuchar tu voz, ni sentir tu aliento en mi nuca.

Tenía miedo. Me había acostumbrado tu sonido, a tus pasos en el pasillo alejándote y acercándote. Ya esos pasos se habían quedado mudos. Tu aroma ya no se respiraba en el hogar.

Antes, cuando era pequeña y llegabas tarde a casa, te esperaba levantada sólo para oler tu sudor a lo lejos, sentir el sonido de la ducha y como metías dos trozos de leña en la chimenea.

Sonaba la ducha y me quedaba dormida.

Después de lavarte, pasabas a mi cuarto, me besabas la frente.

Por aquel entonces, eras muy cálido y tierno. Eras capaz de bajarme las estrellas para ponermelas en la habotación si tenía miedo a la oscuridad.

No sé los monitvos, pero cambiaste. A medida que fui creciendo, dejaste de querer bajarme las estrellas. El sol solo era algo que estaba en lo alto del cielo y que jamás tocaría el suelo por más que yo lo deseara. Con el paso de los años, fuiste distanciandote aún más.

Antes de cumplir los cinco años, me contabas las historias en las que el abuelo era el protagonista. Aquellas que me hacían acercarme a aquella persona que no pude conocer. Me decías lo mucho que tu y la abuela me queríais ( que me quisiera mi madre no hacía falta decirlo. Ella lo demostraba). Me relatabas los secretos de tu infancia, los amores perdidos de tu juventud y tus sueños para la vejez.

Después de eso, tu boca se convirtió en un cementerio. Tu niña ya era lo suficientemente mayor para dejar de contarle secretos, para dejar que volara. Sabías que si no me enseñabas a hacer tal cosa, me caería. Devería tener mucha suerte para sobrevivir a tan tremendo golpe. Aún así lo hiciste. Pensaste que eso sería igual que montar en bici, que iba a saber hacerlo sola. Ni se te pasó por la cabeza que si esta vez me caía, un poco de agua oxigenada no desinfectaría las heridas.

Tras tantos años volando en soledad, todavía necesito que alguien me sujete. Pero se que nadie va a estar ahí debajo para tenderme los brazos si me caigo. Igual que con la bici, tengo que aprender a volar bruscamente.

Ya no tengo que esperar a ese olor a sudor en la puerta, esos pasos en el pasillo, ni el ruido de la ducha para poder dormir.

En estos momentos, mi oso de peluche ocupa el puesto en mi corazón que tu no quisiste...

1 comentario:

ANDRES dijo...

Cuando las palabras van faltando, ya sea la razón que sea, tan solo van quedando espacios entre las silabas, que van creciendo con el paso de los años, y alfinal no queda nada, es como mirar el termino de una vida, de alguien que te importo, o el final de una relación, cuando las cosas no acabaron bien, y se produjo la muerte en vida, al principio vas hablando mucho de esas personas, pero poco a poco, van convirtiendose en silencio,... Mi forma de ser hace que cuando me siento mal, o me duele algo, las palabras tiendan a ser absorvidas por el agujero negro del dolor, aunque hay otros silencios que son dulces como la mirada entre dos enamorados, que no tienen que usar palabras para decir que se quieren. Hay tantos tipos de silencio, cada uno en su contexto, que aunque parezcan que todos son iguales, no lo son.