miércoles, 21 de octubre de 2009

EL DIARIO





Una noche de verano calurosa, la mirada de Luna se clavaba en el lago donde iba de pequeña con su padre, Mario. Pensaba en los buenos ratos que había pasado con él. Ya sólo le quedaba un viejo diario que tenía entre sus manos. En él contaba todos sus recuerdos y secretos desde que su madre y él se conocieron hasta poco antes de su muerte. Leía como se sintió su padre al tenerla por primera vez entre sus brazos, como le enseñó a andar, o como lidiaba con los chicos que no les convenía, o el día de su niñita, a la que tanto adoraba.



No entendía como, si la quería tanto, como la había dejado tanto tiempo sola y nunca se había preocupado por ella. ¿ Qué sentido tenía eso?



Su propio padre, aquel que decía que la adoraba tanto, pero que no se preocupaba por ella o por sus hermanos. No era agradable pensar esas cosas. Y más que ahora ya no estaba entre los vivos.



No sabía si le guardaba rencor, pena, o compasión. Creía sentir un poco de cariño por él, pero no estaba segura.¿Cómo sentir cariño por el hombre que no se había preocupado por ella?



Por su culpa no se hablaba con sus hermanos. Hizo que desde pequeños se pelearan y por más que ella intentara remediarlo, no podía. Por su culpa ahora estaba sola. Su madre murió cuando ella era muy pequeña. Sin ella, se encontraba perdida.



Recordaba que su padre le mató a su perro, y cuando se enteró de que este se había reproducido, buscó a esos cachorros, y también se deshizo de ellos.



Siguió leyendo aquel diario.



Contaba al mínimo detalle la vida que le dio a su madre, y no era precisamente buena.



La echaba mucho de menos. Su voz, sus caricias, que le peinara el pelo por las noches… Su madre del alma… lo mal que lo tubo que pasar con su padre.



Si había algo de bueno en lo que estaba leyendo…era la descripción de sus abuelos. Apenas tenía recuerdos de su abuela y a su abuelo no le había conocido.



Su abuelo tenía ojos verdes, piel morena y de estatura alta. A pesar de su atractivo físico, su caracter no era precisamente agradable. Tenía muy mal humor y sus salidas y entradas en el bar eran frecuentes.



Le entusiasmó la parte referente a su abuela. ella solo la había conocido con el pelo canos, su piel blanca y un poco pálida por la edad, y abundantes arrugas. La recordaba con su ropa negra. A las alturas que ella la conoció, la mujer ya había enterrado unos cuantos hijos y la tristeza la hacía patente así. De otra forma, no sabía hacerlo.



En el diario tambien ponía lo dura de caracter que era. Solía meterse el mundo en su mochila y llevarlo en sus espaldas. recojía algunos comentarios de la gente refiriendose a lo bien que vailaba en sus tiempos mozos. Esto me llenaba de orgullo y satisfación.



A partir de ese diario les conocía mejor.



En otra parte del diario, describía a su hija, a esa niña adorable de pelo ondulado y negro, de ojos verdes penetrantes, figura esbelta y alta. Las páginas que hacen referencia a ella están llenas de emoción y ternura.



La describía como una chica fuerte, aunque sensible; atenta, pero no en exceso; lista y, esta vez, demasiado...según como la ponía en ese cuaderno, parecía que descríbia a su abuela.Físicamente se parecían mucho, pero no sabía que en carácter serían también tan parecidas. Aun que siempre le habían dicho que se parecía más a la abuela de su padre, la madre de su madre.



Cada palabra era más tierna que la anterior. Su corazón empezaba a ablandarse hacia el dueño de aquella libreta a medida que el sol se ponía en lo alto. Esto ella lo notaba, así que decidió dejar la lectura hasta la noche siguiente. Pero no podía dejarlo. Algo le impedía dejar esos papeles de lado.



Poco a poco, iba terminando la lectura. Cuando se quiso dar cuenta, era las diez de la mañana. A estas horas y, despues de toda la noche lellendo, solo le quedaban cinco páginas, así que ahora no la iba a dejar.



Al terminarla, se duchó, vistió y se dirigió al cementerio. Sentía la necesidad impetuosa de ir a ver a aquellos que ya no estaban a su lado.



Se sentó al lado de la tumba de aquel que le había echo tanto daño. Le miró fijamente.



En un arrebato de rabia, se puso a gritar a la foto que le recordaba a él. No entendía por qué le había echo tanto daño si tanto la quería.



Acto seguido, se relajó y se puso a llorar de rabia. Gracias a él se había perdido el conocer a su abuela en profundidad. Se perdió el sentir el cariño de su familia (de sus tíos y sus primos). Eso no se lo perdonaría jamás.

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