lunes, 26 de octubre de 2009

el atardecer



El atardecer empezó como cualquier otro. Las luces vailaban al compás del fuego que los habitantes de aquel pueblo encendían en sus chimeneas.
Una chica miraba por la ventana esperando poder escapar de su casa como el sol se escapaba del cielo cada noche.
El sol vailaba y cantaba al irse a dormir, pero ella, a esas horas, solo podía llorar. Derramaba lágrimas cada vez que tenía que dormir. Era una tortura cuando las cuatro paredes a las que ella llemaba hogar se quedaba en silencio y se tenía que quedar sola. Sola con el silencio.
A partir de esa hora, la casa se quedaba vacía, solitaria. No se oía pasar ni a una mosca. De vez en cuando, en la calle se escuchaba un buho o, a algún murcielago aletear por allí cerca.
Se podía distinguir desde su cuarto las voces de las personas que en verano se sentaban en sus puertas a hablar y sus risas en mitad de las conversaciones.
Echa de menos las caricias que él le daba cada noche y cada día. No consigue olvidar los gritos que tanto le consolaban a última hora del día, ya cuado el sol llegaba a su fin.
Recordaba su aliento con olor a jazmín y azalea al llegar del trabajo. Él siempre, al terminar de trabajar, se duchaba y perfumaba. No quería llegar a casa oliendo a sudor. Decía que su princesa no devía sentir la suciedad en su cuerpo.
Al llegar él a casa, siempre la cojía en brazos y la llevaba hasta la cama. En sus 18 años de vida,no recordaba recordaba una sola vez en la que él estuviera en buen estado de salud y no lo hiciera.
En los dos últimos años, casi no lo había echo. Cayó enfermo y esto fue a peor cada día.
Cada día tosía más, le dolía con más intensidad todo el cuerpo y su memoria le fayaba cada vez más. No estaba acostumbrada a verle tan devil, tan desprotejido.
Cada noche se pasaba sentada a los pies de su cama. No quería dejarle. Solo quería protejerle ante todo mal. Sabía que esa protección llegava tarde pero sentía que debia hacerlo. Al fin y al cabo, su abuelo la había cuidado y protejido desde muy niña.
Ahora, al haberse ido, al no estar para decirla qué deve sentir, se encontraba perdida, sin saber que hacer. El guía de su vida había desaparecido. Ya todos los atardeceres eran tristes, melancólicos. Ya, estos no eran lo mismo.

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