
Son muchas las noches las que te esperé despierta. A cada instante miraba a la puerta y nunca te vi llegar a ella. Siempre me terminaba durmiendo a las cinco o a las seis de la mañana. Nunca estabas para ver como lo hacía.
Prefería pensar el tiempo mirando el reloj de cuco y abrazada a la manta que me regaló la abuela cuando aún era muy pequeña. La lumbre cantaba una hermosa canción al compás que marcaba el tic-tac del reloj. El olor a leña quemada inundaba la casa. Casi tapa tu aroma a rocío.
Ahora que sé que te has ido, que no vas a regresar, echo de menos esos momentos. Más que estos, los siguientes. Al despertar siempre me encontraba el desayuno preparado. Café, tres tostadas, dos magdalenas, un zumo de naranja natural, y una pieza de fruta que variaba según el día y tu sentimiento de culpabilidad.
Todavía tengo el tacto de tus labios en mi mejilla y tu mirada clavada en mi rostro al amanecer. Tus ojos azules llenos de vida, cada día se me metía más en el alma y me la arrebataba.
Otras veces, eras tu la que estabas en la cama, enferma. Cada día iba a verte. Te barría y fregaba la casa, quitaba el polvo y por último, te hacía la comida y te la servía. Dejaba la bandeja en una silla e iba hacia ti. Te ayudaba a incorporarte, con cuidado. Te ponía un babero para que no te mancharas. Nunca te gustó que te pusiese la servilleta como protector para la ropa. Decías que ese trozo de tela no cumplía esa función. Entonces, ponías tu espalda muy recta, subías la cabeza y me pedías que te hiciera un moño. Siempre te recordaba lo mal que me salían. Aun así querías que te lo hiciera. Me pedías tu camisa negra, que te ayudaba a ponerte. En esos instantes, tus ojos brillaban de un modo especial y tus labios casi marcaban una pequeña sonrisa. Te ponía la comida en una mesita con ruedas que solías tener en el cuarto.
Siempre me gustó verte comer. Las cucharas no estaban muy llenas ni los tenedores muy cargados. Eras elegante para todo, incluso comiendo.
Me quedaba en tus pies, mirándote.
Después de cada comida, recogía los platos e iba a fregarlos. Tras de mí cerraba la puerta de tu cuarto. En ocasiones dejaba un poco abierta. Por esa pequeña rendija, miraba durante unos minutos tu rostro tranquilo y sereno. En ocasiones, parecías ausente, distraída. Me encantaría haber tenido algún tipo de aparato para entrar en tu mente y descubrir todos los pensamientos que guardas en ti.
En las noches, vuelta a lo mismo. Butacón de madera como cama y tu vieja manta favorita sobre mí. Mirando cada instante la puerta, preocupada, sin poder dormir
El fuego canta con voz melancólica una canción al ritmo que marca el reloj de cuco y de su tic-tac. El olor a leña casi tapa tu olor a rocío recién caído.
Tu pelo de plata anima toda la casa, hasta que el alba vuelve a quedar todo en silencio.
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