Las banderas pasean por la calle principal de la ciudad. Con un silencio respetuoso todos miran la tela que representa sus países de procedencia. Todos agachan la cabeza en señal de respeto. Una niña de siete años levanta la mirada y le ve a él.
Es un señor alto con mirada profunda y serena. Parece estar preocupado y sin embargo, transmite una sensación de paz absoluta.
Siente algo cálido entro de su alma. Con la afición que siempre ha tenido por las banderas(que se las sabe todas), ahora no le presta atención.
Ella que ha ido a todos los pases de banderas, que nunca había dejado de mirar ninguna con sorpresa y admiración por dicho símbolo, ahora cuando pasaba una por delante de ella, no las veía. Solo veía sus ojos, su boca, su piel.
Sentía pasión por aquel hombre que se encontraba en la otra acera.
-Cuando sea mayor, quiero casarme con él- pensaba.
Sabía que ese deseo nunca se haría realidad. Le llevaba unos 20 año. No se fijaría en una chica tan pequeña como ella. Aún así siente algo un poco extraño por aquel hombre, por aquel desconocido.
Es increible que de tantas personas que se había cruzado en su vida, de tantos hombres en los que se devía topar en los ojos más hermosos que pueden existir.
Las personas no nos fijamos en los pequeños detayes de la vida. Montamos en el autobús y no sabemos quien se sienta a nuestro lado y a los cinco minutos ya hemos olvidado su cara; en ocasiones no sabemos ni el nombre del vecino de al lado y menos del de la planta de a bajo...pero en ocasiones nos da por fijarnos en personas que son totalmente indiferentes a nosotros, como este estraño desconocido. En estos casos, esas personas son las que mas se nos suele quedar en la memoria.
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