miércoles, 30 de diciembre de 2009

LÁGRIMAS POR UN TRAIDOR


Mira a su gato y sus ojos azules. Agacha su cabeza y la esconde entre sus piernas mirando por un pequeño hueco lo que hay a su alrededor.

Sus ojos grises están bañados de lágrimas de dolor.

Por una sola vez, le hubiese gustado que todo le hubiera salido bien, que todo hubiese sido distinto. Querría que él se hubiese fijado en ella, en aquellos ojos que hoy se veían apagados, pero, que en otro día le miraban llenos de amor y ternura.

Sus tirabuzones negros caen con sutileza por sus piernas recojidas en su pecho. Por defenderle a él se quedó sin amigas y, ahora, no tenía a nadie que la abrazara.

Echaba de menos esos brazos que la envolvía en las noches más frías del invierno. Quería sentir de nuevo su aliento en el cuello, sus manos en la espalda, sus dedos enredados en su pelo. Deseaba volver a tener la mirada cálida de su ojos posados en ella.

Después de enterarse de todo, le dejó. El rencor que en ese momento sentía le hizo decir cosas horribles que, en realidad, no sentía. Le llamó de todo y ahora se arrepentía.

Lo que él había echo no merecía perdón pero su corazón se negaba a no dárselo.

Cansada de derramar lágrimas inútiles, decidió cojió a su gato,un puñado de ropa, no mucha, y se fue a la estación del tren. Pidió un billete para el primer tren que fuese lo más lejos posible de esa ciudad y que saliera lo antes posible.

Esa tarde se iría a Granada, la ciudad de la península Ibérica más hermosa. Se repetía que tenía suerte de haber llegado una hora antes a la estación y haber podido cojer el último billete que salía a esa ciudad y que dicha ciudad fuese el destino el que tuviese más a mano por lejanía y por los tiempos de los trenes.

Miraba por la ventana sintiendo un gran peso en su alma al poder observar que nadie iba a despedirla a la estación.

Otra vez sola. Como única compañía sus pensamientos, que eran a los únicos que deseaba dejar en aquella pequeña estación cacereña.

Según abanzaba aquel tren que salió de Cáceres a Granada a las dos y diecisiete se decidía más a olvidarse de todo lo que había pasado en los últimos dos años.

Los árboles iban pasando ante ella. Encinas, olivos, pinos. Todo. Dejaba con algo de tristeza y un poco de asombro atrás la zona de Cáceres y, después, en silencio, Extremadura. En silencio se adentraba en Andalucía.

Para llegar a Granada, tubo que parar un par de horas en Córdoba.

Cojío su maleta y su dulce gato de ojos azules y se sentó en un banco del arcén.

Veía a la gente pasar. Padres y abuelos que abrazaban a aquellos jóvenes que habían llegado de ciudades lejanas a las que habían tenido que irse a estudiar y volvió a pensar en su ciudad de procedencia y en lo triste y solitaria que había sido su marcha.

Por delante suya pasó un hombre que le llamó la atención. Sus ojos eran profundos.

Esto la llenó de alegría. Desde que se fijó en su ex-novio, no volvió a fijarse en los ojos de nadie.Ahora si se había dado cuenta de la hermosura de esos dos luceros que se habían puesto en el rostro de alguien.

El tiempo de descanso había terminado. Era hora de continuar su viaje. Era hora de seguir hacia Granada.

Al llegar a Granada cojió un taxi y le indicó al taxista que la llevara a un hotel en el que haceptaran mascotas. El taxista obedeció.

Al llegar al hotel pidió una habitación y soltó sus maletas en el suelo y le abrió la puerta de la jaula de transporte al gato.

Se tiró en la cama y miró el reloj. Eran las once y media. Debería irse a dormir ya pero no tenía sueño. Decidió incorporarse, darse una ducha y salir a la calle. Quería ver como era la ciudad por la noche. Alguien le dijo alguna vez que la belleza de una ciudad se veía por la noche. Ella misma lo había comprobado cuando la noche de sus dieciocho años había ido a ver la zona antigua de Cáceres. Le maravilló sus fachadas de piedra y lo bien que se veía el cielo desde esa zona. Pero este recuerdo era uno de los que debía olvidar. Fue en esa noche en la que conoció a su ex-novio.Ahora estaba en una nueva ciudad e iba a salir a verla.

Salió a las doce del hotel. Entregó su llave y se fue dejando a su cariñoso gato atrás.

Paseó sola por toda la ciudad disfrutando cada paso, cada mirada hacia los lados. Cuando le empezaron a doler los pies del cansacio de caminar, buscó un poco de césped y se tiró en ella. Se concentraba en el cielo y en el silencio que envolvía todo.

Cerró los ojos un momento. De esta forma disfrutaría durante unos instantes del aroma del aire de Granada. Le encantaría que su casa tubiese el mismo olor a alhelies y a azahar. Aromas arabes por excelencia.

Sin previo aviso, alguien le tocó el hombro. Era una mano grande y cálida pero la asustó.Abrió los ojos y se incorporó en un segundo debido al susto.

Se quedó paralizada. Miró la cara de aquel extraño y se tranquilizó. Tubo un extraño presentimiento que le decía que no corría ningun peligro.

Este hombre era alto, guapo, de ojos bonitos.

Le ofreció ensañarle la ciudad aquella noche. Ella le dio la mano y ambos siguieron viendo toda aquella ciudad que con su hermosura y el encanto de su gente le estaba cautivando.

Empezó a amanecer entre las risas y conversaciones de esta pareja de nuevos amigos.

A pesar de no haber dormido nada esa noche, no se sentía cansada. En esos momentos los malos pensamientos no rondaban en absoluto por su cabeza. Este desconocido había conseguido despejarle durnte algunas horas, pero debían despedirse.

Él la acompañó al hotel. Estando en la puerta le pidió que le acompañara a hacer una visita a la Alhambra, el palacio rojo, la joya más querida de Granada. Sin saber por qué, ella aceptó.

Sabía que no debía fiarse de un desconocido, pero algo le impulsó a hacerlo. En la noche anterior había sido delicado, especial. Sintió el impulso de contarle lo sucedido en Cáceres. En ocasiones,un completo desconocido, alguien que no siente el menor cariño por la persona que tiene el problema, es la que mejor puede aconsejar.

Ese dia que ambos pasaron viendo la Alhambra, fue el mejor día que ella pasaría en mucho tiempo. Él se estaba comportando de una forma realmente especial con ella. Se seguiría comportando de esta forma durante todo el tiempo que ella pasaría de vacaciones en aquella ciudad.

Pero llegó el día en el cual habrían de despedirse. Ella ya estaba lista para afrontar los problemas que le esperaba en Cáceres. Aún así, decidió no perder el contacto con aquel esconocido que le tendió la mano en la ciudad andaluza.

Al volver a su ciudad de origen descubrió algo extraño. Su corazón se sentía dividido. Ya no reconocía a Cáceres como su hogar, pero a Granada tampoco. Su hogar se había dividido en dos ciudades que estaban a unas horas de viaje una de la otra. A consecuencia de esto, tomó una dura decisión: pasaría la mitad del año en Granada y la otra mitad en Cáceres.

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