
Sentado en su silla de paja, el abuelo luce su bastón, su chaqueta y su boina. En su cara reina la serenidad y en su mirada y en su mirada una concentración inpugnable.
Cada arruga que tiene en su cara ha sido ocasionada por las lágrimas que ha aprendido a perder en el tiempo.
Sus manos son temblorosas. No se conforma con el frío que siente cada noche en la cama, sin la abuela. Tiene que quiere sentir el aire frio de los primeros atardeceres del otoño.
A pesar de la temperatura externa, él a penas nota lo gélido del viento. Dice que es la única forma de sentir a mi abuela, de tenerla con él unas horas al día, aun que sea al fallecer del sol.
Siempre lleva la foto de la abuela en el bolsillo del chaleco, justo al lafo del corazón. Casi nunca la saca. Sus ojos se ponen llorosos y su voz se quiebra cada vez que la mira.
Esa fiesta es del día más feliz de su vida. Después de tres años de noviazgo y cinco intentando que saliera con él, el día del 20 aniversario del nacimiento de la abuela, él consiguió que le dijese ¨¨si¨¨ ante el altar. Desde ese día hasta el momento.
Ese hombre que se presenta así ante mí es el que me da la vida. Sus ojos, su forma de ser...
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