
La noche cae y con ella un silencio atronador.
Con la última luz del día muere tambien el sonido en las calles, las canciones y las voces.
Salen la luna, las estrellas llueven sobre la cúpula celeste.
Nada suena, nada cae, nadie ama, nadie odia. Por un instante, todo parece muerto por un instante, por un segundo.
Lágrimas brotan de la tierra y sobre ella, baila una llama que a penas empieza a nacer.
Como pequeña que es, le gusta bailar y cantar al son que marca el viento. Él le hace feliz, la protege y la cuida de las malas cosas.
Baila, baila y baila.
Una gitanita se asoma a su ventana. No puede dormir. Se sube a una silla y posa sus manos en el cristal. Siente envidia. La llama puede ser libre y jugar con la luna mientras que sus ojos verdosos solo puede admirarla.
Alguien viene por el pasillo andando de forma sigilosa, la coge en brazos y la lleva a la cama. Tiene que dormir.
Da vueltas y vueltas en la cama. Intenta conciliar el sueño pero no puede. Sigue pensando en aquella pequeña llama y en sus alegres contoneos. Se pregunta si se habrá extinguido o, si después de estos minutos habría crecido.
Se levantó de la cama cogió su muñeca favorita y salió del cuarto. Esta vez no se asomó a la ventana. Recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta de entrada a la casa, la abrió y salió de la casa. Bajó las escaleras del edificio y recorrió los pocos metros que la separaban de la puerta del portal.
Al cruzarlo se encontró con esa llamita hermosa. Ya no era tan pequeña. Se había convertido en una seductora y elegante dama que iluminaba la noche.
Las dos bailaron toda la noche, al compás.
Con la última luz del día muere tambien el sonido en las calles, las canciones y las voces.
Salen la luna, las estrellas llueven sobre la cúpula celeste.
Nada suena, nada cae, nadie ama, nadie odia. Por un instante, todo parece muerto por un instante, por un segundo.
Lágrimas brotan de la tierra y sobre ella, baila una llama que a penas empieza a nacer.
Como pequeña que es, le gusta bailar y cantar al son que marca el viento. Él le hace feliz, la protege y la cuida de las malas cosas.
Baila, baila y baila.
Una gitanita se asoma a su ventana. No puede dormir. Se sube a una silla y posa sus manos en el cristal. Siente envidia. La llama puede ser libre y jugar con la luna mientras que sus ojos verdosos solo puede admirarla.
Alguien viene por el pasillo andando de forma sigilosa, la coge en brazos y la lleva a la cama. Tiene que dormir.
Da vueltas y vueltas en la cama. Intenta conciliar el sueño pero no puede. Sigue pensando en aquella pequeña llama y en sus alegres contoneos. Se pregunta si se habrá extinguido o, si después de estos minutos habría crecido.
Se levantó de la cama cogió su muñeca favorita y salió del cuarto. Esta vez no se asomó a la ventana. Recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta de entrada a la casa, la abrió y salió de la casa. Bajó las escaleras del edificio y recorrió los pocos metros que la separaban de la puerta del portal.
Al cruzarlo se encontró con esa llamita hermosa. Ya no era tan pequeña. Se había convertido en una seductora y elegante dama que iluminaba la noche.
Las dos bailaron toda la noche, al compás.
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