
Suspiros de ángeles se oyen de fondo. Por un momento siento el abrazo de sus alas blancas, sinto como me recojen entre sus alas elevandome por el cielo, por encima de las nubes.
Mariposas corretean en mi estómago, que quiere salir de mi cuerpo.
Mi pelo es lo único de mí que no recoje las hermosas alas del ángel blanco. Mis ojos no pueden negarse a mirar esos ojos grises, que reflejan todo lo que nos rodea.
El viento huele a amapolas y a margaritas con un sutil olor a melocotón maduro.
En los ojos del ser celestial se distinge las formas de los árboles y de carreteras y caminos que unen distintos pueblos, formando una red extraña y compleja que levanta ánimos y amores.
La hermosa visión la deja en la torre de una pequeña y curiosa muralla.
Él descenció dándome las manos. Con suavidad me fue soltando,rozando en ultima estancia, rozando mis yemas de los dedos con las suyas, hasta dar con mis pies en el suelo.
Desde allí se pude divisar una naturaleza que mejora por momentos. Por un lado el verde de las encinas y los pinos, por otra parte, el azul del pantano, y por otro lado lineas marrones que une pequeños puntos blancos, hermosos pueblos que no son fáciles de olvidar.
Es fácil perderse en sus aromas, en la estructura de esos pequeños caminos y de las redes de calles de los pueblos.
Decidí bajar las escaleras de la torre. Sin saber como, la oscuridad se hizo a su alrededor una vez hube llegado a bajo.
En el interior de la muralla hay un pueblo que al parecer está abandonado. Me puse a recorrer sus encaprichadas calles.
Según voy abanzando, me enamoro más de aquello que un día se amuralló y entiendo el por qué de estas maneras de protección.
Las calles, aunque abandonadas, están llenas de vida. Escucho pequeñas voces que cuentan historias ya pasadas y, tal vez, algo olvidadas. Una niña que recibe su primera muñeca, una boda secreta, o el secreto del por qué los gatos se asoman a las puertas y a las ventanas para cantarle canciones de amor a la luna.
Según voy enredandome en el encanto que gurdan las casas de este pueblo y de los huecos que hay entre ellas, me voy acercando a la plaza.
A medida que me voy acercando a la plaza, voy oliendo un aroma distinto, un olor muy distinto al olido en el resto del aire que irriga las otras zonas.
La plaza es un lugar que parece un sueño. Está llena de flores y de árboles. Es el paraiso en el pueblo.
Una vez recorrido todo el pueblo, volví a subir a la torre, donde me volvió a recojer el ser de luz y, levantandome de nuevo del suelo, me dijo:
¨¨ De aquí eres tu, aquí se forjó tu alma. Las mujeres con un alma que salío, de esta Granadilla, son mujeres fuertes. Aprobecha lo que hace sentir esta tierra.¨¨
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